Recuerdo que era una de esas sorpresivas tardes lluviosas de verano, cuando me llegó, igualmente sorpresiva la idea de hacer mi obituario. –definitivamente no estaba en mis planes morirme, pero encerrado en aquel sanitario no podía pensar en otra cosa.
Busqué en mis bolsillos una pluma, aunque hacia años no escribía nada, ese era el único lazo que me mantenía atado a ser copy; desafortunadamente cuando uno crece deja de hacer las cosas que más nos divierten.
Tomé el papel higiénico, y me preparé a redactar lo que sería mi único recuerdo del mundo. 5 minutos después, quince, media hora y lo único que había conseguido era llenar el bote de basura con borradores inútiles y palabras tan banales que sentí ganas de darme un tiro.
Salí de aquel sanitario con el alma destrozada y un montón de papeles en las manos, me dirigí al auto, sin despedirme de la chica bella que me esperaba en la mesa de aquel restaurante, y sin preocuparme si ella traía el suficiente efectivo para cubrir la cuenta de tan lujoso espacio y pésima comida. Supuse que no y continúe. Encendí el auto pero tenía las manos tan frías que no pude conducir, tomé un taxi, le ordené avanzar sin definir mi destino, para esos momentos no importaba, de todas formas sentía que mi vida nunca había tenido uno.